El poder de las palabras.

El escritor y periodista estadounidense y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX, Ernest Hemingway, dijo en una oportunidad: "Se necesitan dos años para aprender a hablar, y setenta para aprender a callar".
Indudablemente, la lengua tiene un poder que resulta dificil de dominar. Se necesita una vida para lograrlo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Sentirnos únicos nos hace mal


La necesidad interior y colectiva de crear nuevos espacios de libertad en una sociedad que se construye sobre lo que, en parte, desconoce.

Dos polos se atraen y dan origen a las relaciones entre iguales, los dos ocupan un espacio único, la misma clase de protagonismo, un protagonismo estático; la intolerancia a no abandonar, por iniciativa propia, una posición.
No podemos pensarnos de otra forma, el modelo de vida no nos permite, es, quizás, el producto de un ideal que reniega desde su raíz. Construimos desde lo que pensamos, pero raramente pensamos en lo que nos hace pensar lo que construimos.
¿Cómo terminar de conocernos si esto ocurre entre nosotros? ¿Quién es el que termina por poner límites a las cosas que, de alguna manera, terminan siendo ilimitadas e infinitamente dinámicas?
Nosotros mismos, callamos cuando en realidad queremos gritar, soñamos con descubrir lo nuevo, pero evitamos el proceso de buscarlo, peleamos pero deseamos la paz, y odiamos porque no encontramos el amor.
El hecho de considerar que los conflictos personales en el mundo de las relaciones son producto de nuestra desgracia prefabricada lo convierte en una consecuencia mayor a los problemas con los que debemos enfrentarnos día tras día.
“La relación con mi padre nunca fue la que hubiese querido que sea”, esta frase me la dijo un viejo amigo como una forma de realizar su aporte al asunto que nos compete. Definitivamente, el sentirnos únicos nos hace mal. 
Hay cosas que cambiaría de la gente que me rodea, me cuesta aceptar el estado actual de las cosas, por la simple razón que el sentirnos únicos nunca va a terminar por convencernos.
Usted preste atención a esto: ¿Cuántas veces piensa lo mismo de una persona a la cual cree conoces?
Sin dudas, algo tenemos en común; cuando nos enfocamos en el problema, éste toma dimensiones, y coexiste en el vínculo afectivo, porque se piensa desde la concepción individual y no compartida. Allí está el error. El mecanismo de pensar es un proceso individual, pero no significa que no podamos elegir pensar de otras formas, somos libres y con dominio propio, en la mayoría de los casos.
Con frecuencia tomamos la carga de una vida secreta de pensamientos ocultos que tiene su punto principal de conflicto en creer que se trata de una cuestión establecida y personal, generado en la idea de que los problemas y los conflictos negativos, que se viven a diario, son propios y no universales.
Por eso, es necesario saber que, mientras atravesamos una situación positiva, o negativa, nuestro vecino, por ejemplo, está experimentando lo mismo.    
Pues, de un instante para otro, mientras narraba este artículo, me di cuenta que la mujer que estaba sentada a mi lado, que me miraba seriamente, y a quien parecía no agradarle, seguramente sería la que levante la lapicera si se me llegase a caer al piso, y el chico que susurró sobre mí algo que no me agradó demasiado pasó a ser ahora quien me inspiró para poder escribir de él.  
Tenemos la capacidad de construir un imaginario el cual, con frecuencia, está cimentado, sobre formas negativas establecidas por el sistema de representaciones, pero lo mejor es que aún mucho debemos aprender de quien vendría a ser “nuestro peor enemigo”.   
En conclusión, en el amanecer del día, nos topamos, quizás, con afirmaciones mentales tales como: “Hay cosas que cambiaría de algunas personas”, o “me cuesta aceptar mi estado económico”. Así y todo, lo peor de estos males radican precisamente en el sentir que estos problemas únicamente son suyos. 
Le invito entonces a que imagine por algunos segundos que usted está en los zapatos de las personas que son más influyentes en su vida. Pueden ser familiares, amigos, compañeros de trabajo, o un profesor. Una  vez que lo haya pensado y haya decidido en el lugar de quien se ha colocado, es necesario que responda las siguientes preguntas; ¿Qué dicen estos de usted?; ¿Cuáles son sus problemas y sus luchas?; ¿Alguna vez se lo preguntó?
El considerarnos el centro de la vida es lo que nos arrebata justamente la posibilidad de mirarnos.
Existe un supuesto universalizado, producto de las sociedades capitalistas que tiene por lógica la acumulación y el enriquecimiento individual que en la vida real se ve traducido en enfoques poco alentadores: El crecimiento del número de divorcios, el de los conflictos laborales por dinero, las peleas y enfrentamientos familiares, el debilitamiento de la confianza entre las personas, el desorden alimentario, el aumento del uso de psicofármacos y de ayuda psicoterapéutica.
El concepto de “diseño único” es real, bueno y legítimo; no existe alguien igual a otro en La Viña del Señor, pero justamente por esa razón produce el efecto positivo que necesitamos en la medida en que simultáneamente no se abandone el concepto de “vida compartida” y el principio de “comunidad cultural” en donde los participantes tenemos el gran desafío de no renegar de nuestra condición individual por la semejanza que nos sostiene ante el mundo.

Franco Roggero (Comunicador Social)