Desde fines
del siglo pasado y durante estos primeros años del nuevo milenio muchos encuentran
en las personas un mayor interés por las cosas espirituales, “la mística”, “la
contemplación” o “la meditación”. La búsqueda de la “espiritualidad” se propagó,
posicionándose en lo más alto de las preferencias y se convirtió en un nuevo
producto de consumo masivo, un nuevo recurso al que muchos acuden para escapar
del cansancio y las presiones cotidianas. También surgieron por estos años
nuevos gurús, líderes espirituales, adivinadores y supuestos hombres con
poderes mágicos que ofrecen soluciones rápidas ante los problemas de la vida.
Frente al creciente fenómeno cualquier vecino puede notar que existe
básicamente una característica fundamental en esta clase de soluciones: ninguna
tiene como epicentro a la caridad, el amor y la misericordia. Es un tipo de
espiritualidad que sólo busca resultados fáciles y hedonistas y pretende (de
todas las formas) evitar cualquier esfuerzo humano para alcanzar una meta o un
sueño. Desde una perspectiva religiosa podríamos comprender que es una
espiritualidad que se aleja de la Verdad y de Dios, que evita totalmente la
responsabilidad humana y el dominio propio, otro camino que ha trazado la ética
capitalista, una espiritualidad sin amor ni verdad, una espiritualidad adaptada
a los requerimientos del mercado actual. En uno de sus libros el teólogo
villamariense Alberto Roldán dijo que en nuestra época “hay muchos sentidos de
espiritualidad, muchas corrientes, muchas manifestaciones. Leemos el diario y
ofrecen muchas terapias espirituales. Encendemos el televisor y aparece una
entrevista a alguien que es presentado como un especialista en ciertas técnicas
conducentes al bienestar de la persona, a la armonía interior, a la paz, a la
realización personal”. La espiritualidad, dijo, se reduce a algunas fórmulas
casi mágicas, al aprendizaje de ciertas técnicas que, bien aprendidas y
practicadas darán resultados inmediatos y cuantificables. Pero la espiritualidad
verdadera está muy lejos de todo esto, la espiritualidad también incluye todo
aquello que tiene que ver con la práctica de la relación con el otro, con el
esfuerzo, con la oración, con el ejercicio de la fe, la esperanza, la
compasión, el mantenimiento de la pureza, la paz, la paciencia del corazón, la
búsqueda y el servicio. La verdadera espiritualidad, a diferencia de las
soluciones “fast” que hoy están en boga, nos ayuda a discernir entre lo bueno y
lo malo, no utiliza a Dios como un amuleto sino que nos invita a imitar su amor
representado en su imagen visible: Jesucristo. La verdadera espiritualidad no
es (ni será nunca) reducida a un facilismo que nos saque de apuros creados por
nuevos genios y jamás deberemos pagar para encontrarnos con ella. Mi invitación
en esta edición de “Desde la Azotea” es a que usted tenga especial cuidado con
todas aquellas personas que se acercan con el fi n de engañarlo (porque ellos
mismos fueron engañados, aunque sin saberlo) que le prometen soluciones fáciles
y a bajo costo.
El poder de las palabras.
El escritor y periodista estadounidense y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX, Ernest Hemingway, dijo en una oportunidad: "Se necesitan dos años para aprender a hablar, y setenta para aprender a callar".
Indudablemente, la lengua tiene un poder que resulta dificil de dominar. Se necesita una vida para lograrlo.
Indudablemente, la lengua tiene un poder que resulta dificil de dominar. Se necesita una vida para lograrlo.
viernes, 1 de agosto de 2014
Preocupados en “hacer”
Un espacio para teorizar sobre el mundo de las relaciones humanas.
Las
presiones y las incertidumbres por las que transitan los ciudadanos hacen que
muchos con frecuencia pierdan la calma y tomen decisiones equivocadas. He
notado que un importante número de personas vive dependiendo, en gran medida,
de los anuncios políticos y las especulaciones de famosos periodistas. Una rutina
cada vez más enfocada en el movimiento de la economía y en los valores
populares. La estética social de principios de siglo nos obliga a pensarnos
primeramente por el lugar que ocupamos en una comunidad, por nuestra
contribución en el sistema laboral y no por lo que realmente somos, por
ejemplo, como padres de familia, como esposos o como compañeros de trabajo o
amigos. Sin dudas, la alta competitividad del Estado actual, hace que tengamos (lastimosamente)
una visión más enfocada en mirarnos como cosas que como personas, que
prioricemos el “hacer” por sobre el “ser”. ¿Pero cuál es el límite de nuestras
ocupaciones? Me lo pregunto porque cuando nos definimos, aun de manera
individual, lo hacemos cada vez más pensando en nuestro estatus social que en,
por ejemplo, las características de nuestra personalidad. Ésta es una tendencia
repetida en el pensamiento lógico moderno que trasciende la esfera de lo
laboral y profesional y alcanza los lugares más sensibles de la integridad
humana. Mi invitación es a que, en un momento del día, dejemos de lado el
personaje y saquemos a la luz quiénes somos, sin tener en cuenta nuestros
“hacer” social. Espero que así podamos seguir siendo más parecidos a la persona
de la intimidad que al personaje que muchas veces montamos en la vida pública y
en la esfera laboral, con el que por momentos tendemos a escudarnos.
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