Un espacio para teorizar sobre el mundo de las relaciones humanas.
Las
presiones y las incertidumbres por las que transitan los ciudadanos hacen que
muchos con frecuencia pierdan la calma y tomen decisiones equivocadas. He
notado que un importante número de personas vive dependiendo, en gran medida,
de los anuncios políticos y las especulaciones de famosos periodistas. Una rutina
cada vez más enfocada en el movimiento de la economía y en los valores
populares. La estética social de principios de siglo nos obliga a pensarnos
primeramente por el lugar que ocupamos en una comunidad, por nuestra
contribución en el sistema laboral y no por lo que realmente somos, por
ejemplo, como padres de familia, como esposos o como compañeros de trabajo o
amigos. Sin dudas, la alta competitividad del Estado actual, hace que tengamos (lastimosamente)
una visión más enfocada en mirarnos como cosas que como personas, que
prioricemos el “hacer” por sobre el “ser”. ¿Pero cuál es el límite de nuestras
ocupaciones? Me lo pregunto porque cuando nos definimos, aun de manera
individual, lo hacemos cada vez más pensando en nuestro estatus social que en,
por ejemplo, las características de nuestra personalidad. Ésta es una tendencia
repetida en el pensamiento lógico moderno que trasciende la esfera de lo
laboral y profesional y alcanza los lugares más sensibles de la integridad
humana. Mi invitación es a que, en un momento del día, dejemos de lado el
personaje y saquemos a la luz quiénes somos, sin tener en cuenta nuestros
“hacer” social. Espero que así podamos seguir siendo más parecidos a la persona
de la intimidad que al personaje que muchas veces montamos en la vida pública y
en la esfera laboral, con el que por momentos tendemos a escudarnos.
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