Una de las mayores expresiones de fortaleza es indudablemente la docilidad ante el mundo y frente a las personas que nos rodean. Este don tan preciado y tan poco usado, como forma de expresión en nuestra tradición oral, puede ser un grito que hable directamente al corazón.
Indudablemente somos como hoyas de barro, como el polvo que hoy está y mañana no, por eso nuestra convicción por querer trascender, y nuestro esfuerzo en convertirnos en seres absolutamente autosuficientes, es incompatible hasta con la misma naturaleza del hombre.
En muchas ocasiones, nuestras fortalezas y nuestras condiciones humanas deberían ser como una hoja que flota en un río y se deja llevar por las corrientes de agua, por la simple razón de que ésa es la única y la mejor forma de que las situaciones lleguen a un destino deseado en lo profundo de nuestro ser, aún sin darnos cuenta.
En el mundo de las relaciones, y en nuestra experiencia de ser hombres y mujeres que transitan por la vida social, la docilidad frente a los problemas y los nuevos desafíos puede ser el elemento que nos conduzca al objetivo esperado, sobre todos para quienes pretenden entender al otro, pero también, y sobre todo, desean ser entendidos.
Noté que en una sociedad por demás informada como la nuestra, siempre tenemos una palabra para todo. Sin embargo, la invitación en este segmento es a aprender a censurar, en algunas ocasiones, nuestra opinión personal para conocer un poco más de lo que el otro quiere verdaderamente decirnos.
La decisión, frente a las diversas opiniones y acontecimientos, deben, de alguna manera, sujetarse a la condición de saber ejercer eficazmente la docilidad para mejorar nuestra relación con el otro.
Este don, lejos de ser una debilidad, es una gracia preciada, codiciada por quienes buscan alcanzar mayor sabiduría, pero sobre todo, por aquellos que lograron, alguna vez, comprobar que se puede opinar sin decir una sola palabra, o sea, siendo dóciles a las decisiones que nos involucran, pero que incluso son naturalmente ajenas a nuestro control.
Con esta reflexión no quiero oponerme a la libre expresión, todo lo contrario. Simplemente pretendo aceptar que no somos perfectos absolutamente en nada en materia de intelectualidad y que es necesario que tengamos en cuenta esta condición antes de tomar decisiones apresuradas.
Sin lugar a dudas, la fortaleza y el recurso que es útil para vencer en el mundo de las relaciones, es, en ocasiones, la práctica de la docilidad en la expresión oral.
Pero, para esto, es esencial comprender el contexto en que se desarrollan los acontecimientos.
Nuestro desafío entonces es a saber atesorar nuestra opinión y, sobre todo, a aprender a aprender del mensajero menos esperado, de la persona con la que menos simpatizo, del que considero el menos conocedor, y del que nunca creí haber recibido algo bueno.
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