Cuando la mentira y la verdad se vuelven una sola cosa, nuestra vida ingresa en un peligroso camino donde podemos perder el más valioso capital humano; nuestra plena libertad interior. ¡Somos y seremos juzgados por la verdad!
Decir la verdad en cualquier ocasión, sin discriminar personas o circunstancias, ya no es un aspecto a revertir, sino que es una costumbre que pasó a ser parte de la normalidad. Para muchos, casi sin darse cuenta, la mentira y la verdad se vuelven una sola cosa.
Pero el valor que tiene la verdad en la vida de un ser humano es inagotable. La verdad mejora las condiciones de vida de quienes la practican, su disposición como hombres y mujeres frente a los acontecimientos presentes y por venir, y corrige las relaciones con nuestros pares en magnitudes incalculables.
La significancia de decir la verdad en todo momento y lugar, y sus grandes ventajas, son oportunidades que, en ocasiones, se pierden, ignorando sus consecuencias. Cuando una persona oculta una verdad comienza un proceso de contaminación interior casi inconsciente que a corto o largo plazo brota a flor de piel, aunque es tan grande esa privada consternación que la persona llega hasta a auto-engañarse y a causar una insatisfacción que afecta trasversalmente todos los aspectos de la vida.
El decir mentiras, el ejercicio de omitir la verdad o pronunciar las mal llamadas “mentiras piadosas” crea en la sociedad un basural ideológico que no podemos terminar de vaciar.
La falta de objetividad en los discursos populares y la mala intencionalidad de las palabras que pronunciamos hacen que no disfrutemos de la libre comunión de las relaciones sociales plenas en su máxima expresión de amor.
El temor a compartir la verdad sin importar el contexto afecta gravemente nuestra identidad como personas y nos aleja de alcanzar la plenitud y la libertad que todos desean.
Por estos días, al comenzar un nuevo año de grandes esfuerzos, corremos el riesgo de confundir la mentira con la verdad. Algunos pensamos que “ni modo alguien se entera”, pero lo grave no es simplemente si alguien descubre algún acontecimiento oculto en nuestra vida, sino que el hecho de esconderlo nos condiciona a desfigurar nuestra identidad como seres libres que somos.
Esos pensamientos negativos que no podemos sacar a luz se ramifican en nuestro ser interior, distorsionando, sin medidas, nuestra verdadera personalidad y nuestra plena expresión personal.
No existen las “mentiras piadosas”, esa es una de las grandes mentiras instauradas en la sociedad que casi sin darnos cuenta pasan a ser parte de la normalidad, aunque no lo son. Muchos hasta juegan con la mentira sin conocer sus consecuencias.
Desde su nacimiento, los medios masivos de comunicación, por ejemplo, constantemente fueron y son un reflejo de esta desgracia social que nos priva de toda libertad de expresión.
Las autoridades y los modelos sociales de la actualidad nos otorgan licencias para decir lo que se nos ocurre, aunque sea malo, quizás sin medir los altos daños globales, ya que cuando decimos una mentira esa mentira se convierte en verdad, desdibujando así nuestra visión sobre la vida.
Pero afortunadamente quien dice “la verdad” deja de ser esclavo del temor que nos priva de la felicidad, porque la verdad siempre tiene una enseñanza para darnos, una gratificación instantánea que beneficia tanto a quien la practica como al resto de la gente que se vincula con nuestra vida.
La verdad, cuando se pronuncia, revela una profundidad que alcanza dimensiones inalcanzables, beneficios que hacen que la turbación que por momentos hay en nuestro corazón fluya como un río limpio y cristalino que no tiene razón para ocultarse.
¡La verdad nunca nos va a dejar de asombrar (asombrar significa “salir de la sombra”)! porque su poder de influencia es más asombroso de lo que imaginemos al punto de que somos y seremos juzgados siempre, nada más ni nada menos, que por esa misma verdad.
Franco J. Roggero.
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